La Paz y su encanto


Miraflores, fútbol, edificios, noche estrellada
El templo de los sueños: estadio Hernando Siles

Un desafío al equilibrio, un viaje de subidas y bajadas, un encuentro con lo ancestral y cultural,combinado con la dinámica de una ciudad caótica, bulliciosa, de luchas sociales y reivindicaciones. Es La Paz, el epicentro de un sinfín de historias que marcaron el camino a seguir de un país entero.
¿Dónde radica el atractivo de La Paz? En su topografía, en el desorden de sus vías y espacios públicos, algo impropio de una ciudad planificada, pero que a su vez juega un rol excluyente: su autenticidad.
Urbe de contrastes, calles estrechas, casas republicanas que perviven en el tiempo, emulando recuerdos de tiempos añorados. Es la ciudad de la Chola Paceña, valiente y trabajadora mujer de pollera que refleja el espíritu de la raza de bronce.
Es la ciudad del lustrabotas con pasamontaña, del heladero de la plaza Murillo, de la vendedora de anticuchos y sándwich de chola en conciertos y eventos deportivos. Es la ciudad del aparapita, hombre que lleva las bolsas del mercado a sus “caseras”.
Es la ciudad del mecánico, plomero y albañil que, con maleta en el piso y letrero de identificación, aguarda por los potenciales clientes en la calle Yungas del Casco Urbano central o en la plaza Humbold de la zona sur.
Es la tierra del afilador de cuchillos, del vendedor de escobas, de la frutera y verdulera del mercado popular, de la apicera de los comedores. Es la tierra del Bolívar y The Strongest, clásicos rivales de toda la vida que hacen gritar de emoción a miles de devotos del fútbol en el viejo y querido “Hernando Siles”.
Tierra bendita que exuda folclore y tradición en cada esquina, gracias a la gran cantidad de fiestas patronales que pintan de color las calles, tanto del norte, del sur, del este y del oeste. Al son del sonido del bombo y los aerófonos de bronce, los ocasionales bailarines toman por asalto las vías, “sin permiso” y con la voluntad de aquellos que desean agradecer los favores recibidos por algún santo o advocación de Jesús y María, a través de la danza, mezcla de religión y paganismo.
La Paz, la “tumba de tiranos” que hizo caer dictadores, la cuna de la nacionalidad, porque aquí habitan ciudadanos de cada rincón del país. Tierra bendita que combina cuatro pisos ecológicos con las estaciones del año “expresando” su poder de forma simultánea.
En La Paz llueve y hace sol al mismo tiempo. Una brisa fría invade el cuerpo, pero al minuto el sol de los 3,650 metros de altura quema la piel.
Es la tierra del Illimani, de la Kantuta, del helado de canela, del sándwich de chorizo y palta. Lugar de historias inverosímiles, cuentos, leyendas y tradiciones; espacio donde conviven el artista callejero con el p´ajpaku vendedor de ilusiones y “cremas de lagarto para curar luxaciones”.
En ella confluyen las marchas de los sectores sociales, hasta tres por día. En ella los gritos y petardos comulgan una sola voz para hacer sentir sus reivindicaciones.
De traje, corbata, vestido, jean, pollera, sombrero, aguayo, zapato, abarca y poncho; todos y todas vivimos en la diversidad cultural y racial. Somos un mismo pueblo que, a pesar de los problemas diarios, amamos a nuestra La Paz.
Amamos la noche. En La Paz se fusionan los sonidos de un buen jazz con el sonido de instrumentos nativos, los bombos de la saya, las trompetas de una banda de bronces, el piano y el chelo de una orquesta sinfónica, con las guitarras y bajos de rock o cumbia, las tarcas y quenas de un ritmo ancestral.
La Paz es un “mundo” por descubrir. Una hoyada única, mágica e impredecible. 
Juan Manuel Miranda Martínez






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